China se prepara para su gobernanza global

La búsqueda de aliados para consolidar su poder económico y político en un sistema internacional en transformación está detrás de la apuesta de China por la iniciativa de la Franja y la Ruta.

Consciente de ser el país que más se ha beneficiado de la globalización, China se prepara para dar forma a una gobernanza global más inclusiva que le garantice la lealtad de los países con los que está dispuesta a establecer un mundo multipolar. Incómoda por la realidad que revela que no cuenta ni siquiera con un amigo entre sus muchos vecinos, Pekín se esfuerza por convencer al mundo de que su ascenso es pacífico y no persigue un interés económico único, sino que está presto a compartir sus logros. El objetivo prioritario de la política exterior china sigue siendo el beneficio económico con el que seguir impulsando su desarrollo y los avances tecnológicos que están transformando la realidad del siglo XXI. La crisis de 2008 llevó a Pekín a la conclusión de que el modelo económico de Occidente estaba obsoleto y se necesitaba otro más interdependiente, capaz de abordar los retos que exige un desarrollo económico sostenido.

Apoyada en el libre mercado y en la apertura al mundo como condiciones indispensables para su objetivo prioritario, China se asoma al turbulento escenario internacional que le toca liderar convencido de que el regionalismo es fundamental para impulsar la estabilidad y seguridad que la economía y el desarrollo global necesitan.

Ha hecho frente común con la Unión Europea en la defensa de una alianza verde para reducir las emisiones de carbono, fomentar la energía limpia e intensificar la lucha contra el cambio climático. Alarmado por la contaminación generada por tres décadas de crecimiento en las que todo era válido, Pekín ha convertido la protección del medio ambiente en una “cuestión de seguridad nacional”, califica el Acuerdo de París de “logro histórico e irreversible” y entiende la lucha contra el cambio climático, en tanto que “factor multiplicador de la fragilidad social y política”, como una prioridad de la gobernanza global.

 

Aliados para un destino compartido

El 91% de los 1.400 millones de chinos pertenece a la etnia han, que culpa a la minoría manchú, que gobernó el país de 1644 a 1911 (la dinastía Qing), del atraso y las humillaciones sufridas por China ante Occidente al no abrir las puertas a la revolución industrial. Aprendida la lección, Pekín tiene claro que la revolución tecnológica le ofrece la oportunidad de la revancha: volver a situarse en el centro político del planeta. Sin embargo, considera que el mundo es mucho más complejo que entonces y necesita aliados para afrontar los grandes desafíos, desde el terrorismo internacional a la seguridad alimentaria y energética, pasando por las armas de destrucción masiva, el cambio climático, las drogas y las epidemias.

Según el economista estadounidense Charles Kindleberger (1910-2003), el desastre de los años treinta del siglo XX se debió a que Estados Unidos, que ya era la gran potencia económica, no quiso responsabilizarse de su liderazgo mundial ni aportar los bienes públicos necesarios para estabilizar la economía. Pekín no quiere que le echen en cara la misma dejación de compromisos y ha comenzado a pavimentar su ascenso al podio, a través de los vínculos con los otros grandes países emergentes, integrando los BRICS (Brasil, Rusia, India China y Suráfrica) y el G-20. Además, ha fundado el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras y el Nuevo Banco de Desarrollo, y estudia la creación de otro banco Sur-Sur. Con estas tres instituciones financieras pretende facilitar el crédito a los proyectos de desarrollo sin los condicionantes neoliberales del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial.

Los esfuerzos de China por lograr un “destino común para la humanidad y una paz y estabilidad duraderas”, según afirmó el presidente Xi Jinping durante el XIX Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), celebrado el pasado octubre, se centran en la conectividad y el desarrollo económico real que propugna la Nueva Ruta de la Seda, denominada oficialmente La Franja y la Ruta. Investido de la nueva aureola de poder que representa la inserción en los estatutos del PCCh de su teoría política, al igual que Mao Zedong y Deng Xiaoping, el secretario general dejó claro a propios y extraños que está dispuesto a ejercer su liderazgo tanto en China como en el resto del mundo.

La decisión de adoptar un objetivo económico como bandera de la política exterior representa un cambio de estrategia con respecto a EEUU, cuya enseña ha sido la seguridad, aunque esa prioridad no ha impedido a Pekín modernizar sus fuerzas armadas, dotarlas de equipo y armamento avanzados y mejorar sus capacidades de combate para garantizar la defensa del territorio nacional y de las estratégicas vías de tránsito de su gigantesco transporte marítimo, con el que se abastece de materias primas y exporta productos manufacturados.

 

Fuente: www.politicaexterior.com

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